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El orgullo y la autosuficiencia

El día de hoy, domingo, me sucedió una experiencia singular. Estaba en mi cama, eran las 8 a.m. y mi esposa dormía a mi lado, me encontraba leyendo el libro de Isaías. Hay quienes aseguran, como san Jerónimo, que dicho libro contiene todo el mensaje bíblico, no lo sé tal vez así sea o tal vez no, pero mientras leía mi vecino salió a su jardín y desde ahí le pidió ayuda a su esposa para podarlo, la esposa se negó. Él se enojó, le levantó la voz y ella le reviró. Pronto eran más que voces levantadas, y en inglés, que es como se comunican, empezaron a ofenderse, “fuck you” le gritaba él a ella y ella a él. “Get out of my house and of my life” continuaba él, y ella le contestaba “I will, I don´t need you”. En tres años que tengo viviendo en esta casa, jamás había escuchado a mis vecinos hablarse así, es más, poco los había escuchado o visto, pues con los amplios terrenos de los suburbios americanos es poca la interacción entre vecinos y el silencio es más bien la constante que la excepción a la regla. De hecho, mi esposa le llama al lugar donde vivimos “Puebloquieto”.


Entre las cosas que se decían él le pedía ayuda y se quejaba de lo mucho que tenía que trabajar y todavía tener que hacer el jardín, ella en cambio le reclamaba que él no le ayudaba en sus quehaceres. En el fondo no era ayuda con las labores domésticas lo que buscaban y deseaban, sino conexión, validación y reconocimiento. Pero el orgullo y la autosuficiencia no les permitió expresar su necesidad emocional, en cambio lo que surgió fue un “no te necesito en mi vida” “yo puedo vivir sin ti”. Se defendieron, no contra el otro sino contra su propia vulnerabilidad, la vulnerabilidad de sentirse en necesidad emocional.


En la narrativa bíblica, y más especialmente en Isaías, son el orgullo y la autosuficiencia las actitudes más condenadas, se ven como los más grandes pecados. Y es que ambas actitudes

nos llevan al distanciamiento del Otro es decir, del prójimo y de Dios. Nos orillan a la ilusión de que en esta vida, y en la venidera, no necesitamos de los demás, que solos podemos; que todo depende de nosotros, que somos creadores, no creaturas. Pero en la narrativa bíblica también se habla de otras actitudes, o podríamos llamarles disposiciones existenciales pues nos orientan en la forma en que asumimos la existencia, la propia, la del otro y la del Eterno. Estas disposiciones son la humildad, la interdependencia con el prójimo y la dependencia con nuestro Hacedor; son las más elogiadas, son las virtudes por excelencia.


Interesantemente, nuestra época no ve la humildad, la interdependencia humana y la dependencia de Dios como algo admirable, loable y digno de alcanzar. Por el contrario, la cultura actual nos invita a celebrar el orgullo (incluso durante todo un mes) y promueve la autosuficiencia como si fuera la virtud por excelencia. Nos dice que conquistemos "nuestros sueños", es decir que hagamos lo que queramos, que no necesitamos de los demás para sentirnos realizados. Lo importante es el yo y no el nosotros, y menos el Otro.

Esto pone en una encrucijada al hombre contemporáneo, ¿me guío por los preceptos actuales o por los preceptos de la sabiduría perene? ¿Me autoconstruyo como un ser autosuficiente o me autodescubro como creatura en relación con el Otro? El mensaje bíblico y la presencia del Otro podría parecer de poca importancia para nuestra actual generación que se empeña en ver a la religión como un sistema de creencias arcaico e irrelevante, pero no es así, en realidad es tanto una invitación, como una advertencia. Es una invitación a reconocer que la grandeza humana está en reconocer su pequeñez, y es una advertencia en decirnos que es con nuestras actitudes o disposiciones ante la existencia que creamos nuestro destino.


Como psicólogo suelo trabajar con parejas que pelean tan fuerte como mis vecinos, ¡o incluso más! Veo que el orgullo y la autosuficiencia están en el origen de sus conflictos "no necesito de ella" o "puedo yo sola." Ven al otro como alguien que les impide lograr sus deseos individuales, de conquistar sus metas laborales, de ser “libres” o al menos de vivir la libertad individualista que nuestra época nos ha hecho creer. La pareja así se convierte en un impedimento no en una bendición; un obstáculo entre lo que se busca en la vida y lo que se tiene. Frustración, resentimiento y amargura suele ser el resultado de una relación así.


En cambio, he visto que quienes triunfan en su matrimonio actúan de manera distinta, su disposición existencial no es de oposición, la pareja no es un obstáculo entre lo deseado y lo obtenido. Por el contrario, el cónyuge se convierte en la misión más importante de su vida. La relación otorga sentido y propósito, no un vano sentimiento de satisfacción como el que se impulsa hoy en día en la promoción de metas a alcanzar, sino una satisfacción que viene de saber que lo suyo tiene un eco en la trascendencia y que por lo tanto la satisfacción de uno y del otro están íntimamente relacionadas, como también lo está el sufrimiento. Sus pensamientos en torno a la relación son del tipo "yo solo no puedo, la necesito a ella (o a él)" o "él (o ella) es un elemento central del sentido de mi existencia".


Todo matrimonio tendrá que decidir, “¿somos dos cosas separadas?” o “¿somos una sola carne?” “Mi cónyuge es un obstáculo a mi felicidad y realización?” o “mi cónyuge es mi camino a la felicidad y la realización?” o aún más “mi cónyuge y yo tenemos un pie en la dimensión temporo-espacial y el otro en la eternidad o los dos pies fuera del vínculo que no juramos ?” Quienes ven a su cónyuge como un obstáculo y evalúan su relación desde el orgullo y la autosuficiencia terminan viviendo un infierno, los otros un paraíso en la tierra. Un paraíso que no está exento de dificultades pero donde sobrepasan las alegrías y las fortalezas.


Así pues, tanto en la vida espiritual, como en la vida psicológica y de pareja, el orgullo y la autosuficiencia nos alejan de la plenitud, mientras que la humildad y la necesidad del Otro nos acercan a ella. El hombre contemporáneo necesita cuestionar la cultura actual, revelarse a ella y asumirse como creatura y no como creador. Necesita despojarse del ego narcisista que promueve la ilusión de que él y sólo él es la medida de su felicidad, de su sentido y propósito en la vida. Pues el ser humano solo se reconoce en la relación con el Otro, no en la soledad de su egoísmo. El hombre no es una isla aislada sino parte de un archipiélago interconectado en la profundidad que florece, o marchita, en la superficie.


Nuestra cultura necesita virar el rumbo y retomar la antigua visión de las disposiciones existenciales de la humildad y de la dependencia del Otro, pues el resultado de las disposiciones del orgullo y de la autosuficiencia han lleva al individuo, y a la sociedad, a un nihilismo autodestructivo.


Si lo hiciéramos no tendríamos la necesidad de gritar para ser escuchados, ni de pelear para ser amados, no lo haríamos como lo hacen mis vecinos, y tantos matrimonios como los que atiendo en mi consulta. Podríamos, en cambio, entender la necesidad emocional que tenemos el uno y el otro y por lo tanto la responsabilidad de cuidarnos mutuamente. Entenderíamos que las peleas matrimoniales son formas encubiertas de pedir una conexión más profunda con el Otro, y por lo tanto seríamos más asertivos diciendo “te necesito, eres importante para mí, te admiro, te valoro, te amo y por todo ello, busco tu bien-estar y tu bien-ser como busco los míos” y cuando la insidia se haga presente, como se hará, podríamos decir “me siento distante de ti y quiero que lo resolvamos, pues tú eres especial para mí”.


Dr. Mario Guzmán Sescosse



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