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DESNUTRICIÓN EMOCIONAL INFANTIL

Los primeros 4 años de vida son esenciales para que los niños crezcan físicamente. La interacción entre genética y medio ambiente son cruciales para su sano desarrollo. Un niño privado de los nutrientes necesarios (proteínas, grasas, vitaminas, etc) verá comprometido su desarrollo físico, su talla y su salud. En muchos casos los efectos de la desnutrición le acompañarán a lo largo de su vida. En casos severos pueden haber repercusiones en el desarrollo de órganos vitales y su funcionamiento adecuado. Afortunadamente, hoy en día es casi imposible encontrara a alguien que no comprenda la necesidad de proveer dicha nutrición a los niños. Sin embargo, ¿la gente es igualmente consciente de la “nutrición emocional” que requieren los niños en los primeros 4 años de vida?

 

Todos hemos conocido a alguien que mantiene relaciones interpersonales conflictivas, que tiene problemas de impulsos o que desarrolla trastornos psicológicos que le impiden una adecuada adaptación e interacción en su medio ambiente. Adicciones, depresiones crónicas, trastornos de personalidad, relaciones violentas y muchas otras manifestaciones conflictivas o patológicas de la vida adulta son secuelas crónicas de lo que podríamos llamar Desnutrición Emocional Infantil.

 

Así como en los primeros 4 años de vida son necesarios los nutrientes alimenticios que permitirán al niño desarrollar su potencial físico predeterminado por su carga genética, así es necesario también que reciban los nutrientes emocionales básicos que le permitan crecer psicológicamente alcanzando su potencial humano.

 

Amor, aceptación incondicional, seguridad, autoestima, autoexpresión, juego, límites realistas, validación emocional, estabilidad y sentido de trascendencia, son los nutrientes psicológicos que le permiten a los niños desarrollar su potencial humano y espiritual que resultará en una adecuada salud mental y en relaciones interpersonales satisfactorias.

 

Estos nutrientes no pueden ser proveídos por cualquiera, pues implican un vínculo basado en la mutua importancia. Son la madre y el padre los que proveen esta experiencia primaria de satisfacción emocional. Pero para ello dos cualidades son necesarias, la primera es la presencia en la vida diaria; una madre y un padre que están con él hijo al despertar y al acostarse, que se involucran en sus actividades educativas, sociales, deportivas y lúdicas. Un padre y una madre presentes con una implicación en la vida diaria del hijo.

Lamentablemente los hijos que crecen en guarderías, con nanas o en otro tipo de instituciones se verán privados de los nutrientes mencionados, pues estos son fruto del amor y del interés por el niño, no por el sueldo percibido en el trabajo de cuidar niños. La segunda característica es la salud mental de los padres; es probable que nadie haya crecido con el 100% de los nutrientes mencionados a lo largo de su infancia. La mayoría de las personas tendrán carencias resultado de su propia experiencia de crecimiento y vinculación con sus padres. Sin embargo, es responsabilidad de todo adulto hacerse cargo de su salud mental, de buscar sanar las heridas resultado de su crecimiento y de cubrir de manera propositiva las carencias que se experimentaron en la infancia y la adolescencia. Los padres que no asumen esta responsabilidad transmiten a los hijos sus propias carencias no resueltas y perpetúan el ciclo de Desnutrición Emocional Infantil.

 

Lamentablemente, nuestra época va en contra de esta nutrición psicológica. Hombres y mujeres creen que lo más importante es su desarrollo personal y profesional, y para muchos los hijos no deben de interferir en dichos planes. De ahí surge el creciente número de guarderías, estancias infantiles, centros preescolares, nanas y personal doméstico que se hace cargo de los niños. Este creciente número de posibilidades de “atención infantil” se presenta en todos los sectores socioeconómicos. Tanto personas adineradas como en carencia económica se ven tentados en dejar la atención y cuidado de los niños a personas que no les une ningún vínculo biológico o afectivo, sino que les une la recompensa económica.

 

No es de sorprender que cada vez más y más personas presenten problemas de desconexión emocional en sus relaciones interpersonales, o que cada vez más y más personas se vean envueltas en las desastrosas adicciones del alcohol, la marihuana, las drogas en general o en la incesante necesidad de estimularse con “bienes” materiales y sensuales. Ni tampoco sorprende el creciente numero de divorcios que se está dando a nivel mundial, pues nadie puede dar lo que no tiene, lo que no se le ha dado o lo que no se le ha enseñado.

 

Resulta imperante que cada adulto, que cada padre y cada madre, se cuestione profundamente ¿qué tipo de experiencia le estoy dando a mis hijos? ¿mi estilo de vida dota a mis hijos de los nutrientes psicológicos necesarios para su sano desarrollo? ¿las memorias y los vínculos que mis hijos están formando, les permitirán alcanzar su potencial psicológico y espiritual para ser personas de bien y que experimenten felicidad y estabilidad a lo largo de su vida?

 

Tristemente el mundo gira en sentido contrario a estas necesidades, pero cada padre tiene la responsabilidad de cuestionarse qué tipo de experiencia de vida desea transmitirle a sus hijos.

 

Lo que hoy hacemos por ellos resonará para toda su vida.

 

Saludos a todos.

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